Por Juan Luis H. González S.
Omar García Harfuch es un nombre que cada vez suena más. El funcionario federal ocupa un lugar estratégico en el gobierno de Claudia Sheinbaum y, paso a paso, también en la política nacional. Concentra poder institucional, exposición mediática, cercanía con la Presidencia y una agenda que, pese al desgaste que supone, le está produciendo más réditos que costos.
Al frente de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana cuenta con estructura, información, capacidad operativa e interlocución con las Fuerzas Armadas, gobernadores, fiscalías, agencias estadounidenses y prácticamente todas las áreas involucradas en la estrategia de seguridad del Estado mexicano.
García Harfuch no solamente aparece como protagonista: tiene poder. Y lo ejerce en una de las agendas que definirán buena parte de la evaluación del gobierno de Sheinbaum. La seguridad continúa entre las principales preocupaciones de las y los mexicanos, y el combate al crimen organizado, la extorsión, los homicidios y el control territorial constituye uno de los mayores desafíos del sexenio. Por eso llama la atención que, hasta ahora, la naturaleza de su encargo no haya erosionado su figura.
Por el contrario, mientras buena parte del gabinete del gobierno federal permanece a la sombra y políticamente desdibujado, García Harfuch ha logrado jalar reflectores y asociar su nombre con logros y avances en una agenda sumamente compleja y que seguirá siendo el centro del debate político en México y el arma favorita de la oposición.
Sin embargo, la popularidad de García Harfuch no se traduce en automático en posibilidades electorales. El secretario de Seguridad representa, políticamente, una anomalía dentro de la 4T. No proviene de Morena, no pertenece a la izquierda histórica, no construyó su carrera acompañando a López Obrador ni forma parte de los grupos que durante años se disputaron posiciones alrededor del expresidente. Y estos factores no son peccata minuta dentro de Morena.
De ahí que su presencia, popularidad y fortaleza generen desconfianza entre los sectores más radicales del movimiento. Su capital político tiene un solo origen: Claudia Sheinbaum. Y ese factor será cada vez más determinante si es que decide jugar electoralmente. Está claro que la presidenta Claudia Sheinbaum define prioridades, discurso y acciones; controla el gabinete y toma las decisiones del Ejecutivo.
Sin embargo, aun cuando López Obrador dejó el poder, no necesariamente abandonó su papel como principal referente político de una parte considerable del movimiento que construyó. Morena conserva dirigentes, legisladores, gobernadores y grupos cuya legitimidad procede mucho más de su relación con el expresidente que de su cercanía con la presidenta Sheinbaum.
La tensión quizá no sea todavía abierta, pero estructuralmente existe: el poder está en Palacio Nacional, pero una parte importante de la legitimidad del movimiento continúa en Palenque. En este contexto, García Harfuch pertenece claramente al primero. Por eso, su crecimiento ha traído resistencias y tensiones fuertes al interior del partido, porque muchos calculan que su popularidad y posible postulación a un cargo relevante podrían significar también la consolidación de una élite política menos dependiente del obradorismo histórico.
Sin embargo, hay un factor adicional que juega a favor de García Harfuch, además de su aprobación y visibilidad: la escasez de liderazgos nacionales dentro de un movimiento que, paradójicamente, concentra un enorme poder territorial.
Morena gobierna buena parte del país, 23 de 32 estados, pero sus gobernadoras y gobernadores no significan mucho en el concierto nacional, no construyen proyectos alternativos que fortalezcan a la 4T, no tejen alianzas fuera de sus estados ni parecen interesados en expandir su influencia más allá de sus territorios. La concentración del poder alrededor de la Presidencia con López Obrador produjo mandatarios disciplinados, cautelosos y, en muchos casos, políticamente grises y marginales.
De esta forma, resulta paradójico que un movimiento que gobierna buena parte del país, controla el Poder Legislativo y posee una formidable estructura territorial tenga una baraja tan limitada de figuras con posibilidades reales de disputar la sucesión presidencial. Este escenario ayuda a explicar, en buena medida, el crecimiento de García Harfuch, pues, en términos comparativos, reúne atributos que pocos dentro de Morena acumulan simultáneamente: poder institucional, visibilidad nacional, resultados comunicables, cercanía presidencial y una identidad capaz de trascender al electorado tradicional del movimiento.
Y ahí aparece la paradoja mayor. Si continúa creciendo, la discusión no será solamente si García Harfuch quiere y puede ser candidato presidencial, sino si Morena y sus tribus están dispuestos a que el futuro de su proyecto político sea encabezado por un personaje que nunca perteneció realmente al movimiento.
Quizá la sucesión de 2030 termine planteando una disputa más profunda que la de los nombres: si después de López Obrador la Cuarta Transformación seguirá siendo esencialmente obradorista o comenzará, finalmente, a convertirse en otra cosa.
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